Nos creamos y creemos, en la libertad, en la no pertenencia, en el hola y el adiós, sin juicios, cuándo existimos, cómo siempre, como nunca, cualquier tarde, noche o día, quizás en mil encuentros o tal vez en el ultimo, eso no es relevante, nunca debió serlo, lo que me importa es lo que siento cuando sucede, la experiencia auténtica, no el recuerdo, menos la ilusión, las cenizas al viento y que el fuego acabe con todos los templos.
El mundo, tú, yo, los otros, nos-otros, somos impermanentes, todo y nada a la vez, faltos de futuro y pasado, una especie de fantasmas fantasiosos que deambulan en el momento, embrujados por la gracia de lo incierto, del Caos, lo inalcanzablemente cercano, lo improbablemente posible, la excepción, el deseo orbitante de la magnética Magia, la Locura misma, el grito primal que abraza-abrasa, la Pasión... Incendiar todo, incluyéndonos, como suicidas dispuestos a vivir.
En la presencia actuamos, lo que sucede cuando simplemente sucede, sin causas ni casualidades, sin especulación de las consecuencias, solamente Ser fugaz, como el cuerpo que palpita con una canción constante que empuja al movimiento y no se detiene ni repite compás alguno.
En esta canción ¡Improvisa! Desde las entrañas, visceral y sin apego, sin ego, desecha el ego, el ego priva la posibilidad del error, y en la posibilidad del error está la experiencia auténtica.
Aquel secreto que llega bajo el impulso incesante, nos presenta, en constante transformación, solos y juntos en el deseo inalienable que todo lo permite, en lo místico, en lo oscuro, porque todo se vuelve erógeno cuando no existe la luz.