Aparentemente derrotados los dragones, subió a duras penas la torre, con su sangre en las manos, rompió los barrotes de la alcoba y la contemplo. Era tan radiante, como solo ella podría ser para él.Entrando, sujeto sus manos y se sumergió lentamente en su voz, pasando así horas infinitas mientras sus dialogos se forjaban.
Al nacer la noche, le ofreció huir lejos, tenían un mundo por recorrer; el bosque, las montañas, el mar e inmensas planicies podrían ser sus espontaneas y momentáneas residencias.
Quizás pasarían frío y hambre, pero el simple hecho de mirarse a los ojos y sonreír los haría felices. Podrían vivir ese mundo nuevo, aquel que pocos valientes se han atrevido a vivir.
Fue entonces, tras esa sincera petición de libertad, que ella con mirada risueña le susurro:
Disculpa príncipe, ¿para qué deambular por el mundo, si ya todo este castillo es nuestro? Es tan solo crear un nuevo reino.